Alimentos inmunizantes de producción nacional se espera sean comercializados en el 2013

Si bien no es algo reciente, las proyecciones y primeros indicios corresponden al 2000, cuando las revistas científicas publicaron un resumen de los mejores avances del siglo XX.

En el resumen se hacía referencia a los beneficios aportados por las vacunas, el que la polio mermase su expansivo contagio y el que decenas de millones de vidas se salvasen cada año en el mundo por muy poco dinero se debía a ellas. Además se mencionaba el surgimiento de una nueva forma de transmitir anticuerpos vía alimentos.

Chile  lleva a la fecha cinco años de estudio y desarrollo de su proyecto.

Vísperas del 2000

Según exponían los medios el esfuerzo realizado por la OMS para hacer llegar a todas partes, al menos seis vacunas (difteria, polio, tétanos, tosferina, sarampión y tuberculosis), ha tenido sus frutos. El 80% de los niños del planeta se puede vacunar contra estas enfermedades. Sin embargo, un 20% de las personas no tiene aún acceso a las vacunas.

Por otro lado la conservación de las vacunas tiene un coste muy elevado. En las zonas más pobres del mundo, donde hay pocos que sepan poner una inyección, y ni siquiera se garantiza que el inyectable se conserve a una temperatura fría -algo que es necesario-, la mortalidad debido a enfermedades infecciosas que podría evitarse con vacunas se acerca a dos millones de personas al año.

Además, algunas de las patologías infecciosas que más muertes producen -el cólera y las diarreas por virus, por ejemplo-no tienen todavía una buena vacuna. Ésas son las razones por las que muchos científicos creen que, cuando se habla de prevención de enfermedades infecciosas, hay que dar un paso más allá. Conseguir inmunizar a las personas sin tener que recurrir a una inyección y hacerlo únicamente comiendo una papa, un tomate, una lechuga o un plátano no es un sueño imposible.

Un puñado de equipos de científicos trabaja desde hace varios años para conseguir, con ingeniería genética, que, por ejemplo, un plátano se pueda convertir en una buena vacuna contra el cólera.

A principios de los años 90, Charles Arntzen, un profesor de biología que entonces trabajaba en la Universidad de Texas (EEUU), tuvo una idea mientras estaba de visita en Tailandia. El científico vio cómo una madre hacía que su hijo dejase de llorar ofreciéndole un plátano. Arntzen, experto en biología vegetal, se acordó del llamamiento de la OMS en el que se pedían vacunas por vía oral, que no tuvieran que conservarse en frío. Se trataría de modificar genéticamente una papa, un plátano o una lechuga con genes de microorganismos patógenos y lograr que estos alimentos sintetizaran los antígenos que, a su vez, pusieran en marcha la inmunidad de los que los consumían.

A los que conocen cómo modificar los alimentos no les resulta difícil hacer que un vegetal sintetice una determinada proteína. Es posible introducir en una lechuga un segmento de ADN para que ésta exprese un antígeno de la cubierta del virus de la hepatitis B. En teoría, la persona que consumiera esa lechuga debería desarrollar inmunidad frente a una enfermedad que causa cada año en el mundo varios centenares de miles de muertos. Es verdad que la hepatitis B tiene, por vía parenteral, una vacuna eficaz, pero esa inmunización -que es muy costosa- no llega a todas partes.

Factor Biológico de estudio: El estómago

Quizá un inconveniente de las vacunas que se dan por vía oral está en el estómago. El proceso digestivo puede destruir las proteínas y hacer que el antígeno que se pretende inocular desaparezca. Afortunadamente, la pared de las células vegetales aguanta el ataque del contenido gástrico y ésta llega al intestino delgado sin perder los antígenos. Allí, se libera la proteína inmunogénica y, con ayuda del sistema linfoide del duodeno y del íleon, se produce el contacto entre la proteína del agente infeccioso y las células inmunes. Es entonces cuando se genera una reacción inmune capaz de proteger al individuo frente a ataques posteriores del microorganismo.

Después de realizar los primeros ensayos en el laboratorio, los científicos creen que las infecciones que provocan diarreas muy severas serían las primeras que deberían tener una vacuna alojada, por ejemplo, en una planta transgénica. De hecho, las experiencias que se han llevado a cabo por ahora han sido con el agente que causa la famosa diarrea del viajero (Escherichia coli), el virus de Norvark responsable de diarreas en la infancia y el cólera. «Creo que las vacunas comestibles pueden ser de gran ayuda para frenar las hepatitis y las diarreas en el mundo», declaró hace ya un par de años el doctor Anthony Fauci, director del Instituto de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EEUU (NIAD).

El NIAD financió parte de los estudios que se realizaron en 1998, en la Universidad de Tulane (EEUU), con ratones y patatas transgénicas que expresaban un fragmento de la toxina de E. coli. Las pruebas demostraron que los roedores alimentados con este tipo de vacunas comestibles desarrollaban inmunidad frente a la infección por agente patógeno.

 Inmunizar con alimentos.

Conseguir que un vegetal produzca una determinada proteína no es excesivamente complicado. Las patatas, los tomates, las zanahorias, los plátanos o el arroz pueden expresar antígenos que provoquen inmunidad frente a una enfermedad.

Al contrario que los cultivos transgénicos comunes -que necesitan cientos de hectáreas para desarrollarse-, las vacunas comestibles se podrían cultivar en cada país del mundo en espacios pequeños, prácticamente en invernaderos. Decidir qué alimento puede ser el mejor no es tarea fácil. Quizá el más indicado sea el plátano, ya que se consume crudo y tiene una piel que lo protege durante cierto tiempo, pero es una fruta que crece en árboles y tarda años en madurar. Sin embargo, con la papa sí se tiene una amplia experiencia, tanto en animales de laboratorio como en las primeras fases de ensayos en humanos, aunque no es un alimento que se consuma crudo, que es como se han llevado a cabo los experimentos.

Es posible que las vacunas de papa transgénica funcionen incluso cocinadas, pero no se puede asegurar nada antes de que se hayan realizado más estudios.

 Primeros indicios de probeta 2000

 Existen diferentes equipos de científicos que están llevando a cabo experiencias para inmunizar contra enfermedades comunes y muy graves con alimentos. William Landgridge, un experto en biología vegetal ha conseguido prometedores resultados inmunizando a ratones contra el cólera. Landgridge utilizó patatas crudas que expresaban una parte de la toxina de Vibrio cholerae.

Cuando se expuso a los animales a la toxina verdadera, la diarrea de los vacunados con patatas fue un 60% menos severa que la que tuvieron los roedores que formaban el grupo control. Landgridge es uno de los máximos expertos en vacunas comestibles y así lo prueba en un excelente trabajo publicado por él en el ‘Scientific American’ de este mismo mes.

Un grupo de especialistas polacos, de la Academia de Ciencias de Poznan, publicó en 1999 en la revista FASEB los resultados en humanos de una vacunación contra la hepatitis B, utilizando una lechuga transgénica. El vegetal había sido modificado para que expresara el antígeno de la superficie del virus B de la hepatitis. Los voluntarios que consumieron una ensalada con esta singular lechuga consiguieron que su sistema inmune produjera anticuerpos específicos contra el virus.

El mismo Charles Arntzen, de acuerdo con un trabajo suyo que vio la luz en Nature Medicine en 1998, ha conseguido que los voluntarios tratados con patatas transgénicas crearan anticuerpos contra el E.coli, la bacteria que causa el mayor porcentaje de diarreas en los turistas que visitan países en desarrollo. Ese mismo año un grupo de la Universidad de Maryland (EEUU), puso de manifiesto, en el Journal of Infectious Diseases, que también se pueden conseguir anticuerpos en humanos contra el virus Norvak, un agente que causa un elevado número de diarreas en el mundo. El siguiente paso: estudio en humanos «Poder comprobar cómo los humanos consiguen fabricar anticuerpos mediante vacunas comestibles contra varios tipos de enfermedades infecciosas nos tiene fascinados», declaró la doctora Carol Tacket, una pionera en el estudio de este tipo de inmunización, y la principal autora del trabajo del Journal of Infectious Diseases.

No obstante, las buenas intenciones de los científicos que estudian las vacunas comestibles se tendrán que enfrentar a tres hechos. El primero es el de pasar de la fase I de investigación clínica a estudios avanzados en humanos. El segundo de los inconvenientes estará liderado por los ecologistas que han declarado la guerra a los alimentos transgénicos. Y el tercero es el de demostrar, en el caso de que los ensayos se realicen, que las vacunas comestibles son eficaces. Es muy poco probable que las compañías farmacéuticas financien los trabajos en fase II y III que serán necesarios para probar si las vacunas comestibles sirven o no. Son estudios muy caros y si no hay negocio detrás de la inversión, nadie arriesga dinero en aventuras que son sólo románticas. Tendrán que ser los organismos oficiales los que apoyen, si pretenden que existan vacunas comestibles al alcance de todos.

 Las protestas de los ecologistas serán, posiblemente, la mayor de las pegas que tendrán las vacunas vegetales para llegar al público. «Pensamos que la idea no es buena», dijo recientemente Romie Cummings, director de la Unión de Consumidores Orgánicos, una organización ecologista muy potente de EEUU. «No se puede controlar la cantidad de vacuna comestible que ingiere una persona. Quizá haya brotes de enfermedades en personas que se crean inmunes» . Por otra parte, los expertos no saben si el consumo de antígenos llegará a producir tolerancia. Aunque se sospecha que no, el fenómeno de tolerancia a las proteínas ingeridas es algo bien conocido. En cualquier caso, y de acuerdo con las palabras de William Landgridge, «los obstáculos técnicos son todos salvables. Las vacunas comestibles pueden ser una realidad a medio plazo».

 Diez años después…

Un equipo de científicos del Núcleo Milenio en Genómica Funcional de Plantas de la UC da a conocer que desde el 2005 están desarrollando un proyecto de esta naturaleza, único en su tipo en Sudamérica. El alimento escogido en Chile es el tomate y los virus de los que protegerá son la hepatitis C y el cólera. Se prevé que el 2011 empiecen las pruebas preliminares con ratones y el 2013 se inicien su comercialización. Según explican los participantes locales se ha escogido el tomate por ser una verdura de consumo fresco, que se puede comer en una ensalada o en un jugo. A diferencia de la papa que al cocerla, pierde parte de su potencial inmunizador. Para ello, los científicos de la UC, aislaron tanto para el cólera como para la hepatitis C, los genes que codifican las proteínas claves en ambos patógenos y que las defensas del cuerpo son capaces de reconocer. Ese material se fusionó en un solo gen que se introdujo en las plantas de tomates para cambiar su ADN y lograr que tanto sus frutos como sus semillas obtengan dicho cambio. Así, cuando una persona come uno de esos tomates, su sistema inmune reconoce las proteínas de los patógenos que vienen en él y ordena al cuerpo desarrollar anticuerpos.

El proyecto que busca inmunizar a la población contra dos enfermedades que hoy no cuentan con vacunas por ser problemas que afectan al tercer mundo y un mal negocio para la industria farmacéutica está listo en un 65% .

Transgénicos en Chile

 No debemos olvidar los inconvenientes legales, aún no subsanados, para vender este producto en el mercado local es necesario que se legisle sobre los transgénicos. Actualmente el SAG (Servicio Agricola y Ganadero Chileno) autoriza el ingreso de semillas transgénicas y su producción en territorio nacional, pero sólo para exportación. La producción local de este tipo de alimentos no se vende en territorio Nacional por un tema legal, pero si aquellos que provienen del extranjero.

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Published in: on noviembre 28, 2010 at 12:10  Dejar un comentario  
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